Frase del día.

No vivo yo, mas Cristo vive en mi

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Yo propongo...



Hace unos días, escribí un post en Facebook sobre la necesidad de revisar el papel que, como periodistas y organizaciones, hemos asumido y desempeñado en estos ya laaaargos años de violencia en el país. 
Cada quien interpretó la reflexión desde distintas orillas.

 

Pero no me detendré aquí a aclarar el propósito de ese post. Más bien deseo compartir con ustedes mis preocupaciones y propuestas para encontrar rutas que nos ayuden a salir de este atolladero en que nos entramos. Todas son a título personal. 
Primero debo decir que hace aproximadamente un año decidí tomar distancia del tema de libertad de expresión porque estaba cansada, enojada, con un profundo sentimiento de frustración que, asumo, me impedía ver las cosas con claridad. Además he visto cómo otros colegas, amigxs, compañerxs, periodistas se han involucrado progresivamente en la defensa de la libertad de expresión y de los periodistas, y asumido el compromiso de la denuncia, la participación, la protesta y la acción colectiva. 
Pero ocurrió el asesinato de Ruben, Nadia, Yesenia, Alejandra y Mile Virginia, y entonces de nuevo todo se sacudió. Leo a mis amigos y a mis amigas, su dolor, su rabia, su frustración. La misma, o más, que la de hace unos años cuando comenzamos a contar a nuestros muertos. 
¿Qué ha pasado en estos años? ¿Qué hemos ganado y perdido? ¿Cuánto y cómo hemos avanzado y hacia dónde? Y, lo más importante para mi: ¿Qué ha cambiado?
Como gremio, hemos ganado algunas cosas: con tropiezos, de manera lenta y a veces desordenada, hemos ganado en organización, en participación. La indignación nos moviliza, nos hace solidarios y compartidos. Eso, sin duda, ha sido un triunfo en un gremio que todos creían imposible de organizar. Lo hemos logrado nosotros y nadie más. Casi todos divididos entre nuestras inexpertas organizaciones y nuestros trabajos como periodistas. Hemos aprendido a robarle horas a las noches y los fines de semana para organizarnos, aprender, compartir experiencias y sólo por nuestras ganas. Tenemos que reconocernos ese esfuerzo.
Gracias a esa presencia más activa, a nuestras marchas, concentraciones, protestas, desplegados y todo lo que hemos podido hacer en la medida de nuestras posibilidades, hemos llamado la atención de muchos sectores, organismos nacionales e internacionales. Hemos logrado por fin la solidaridad de algunos grupos de la sociedad civil, obligado a cambiar leyes, a tomar incipientes medidas, hemos comprometido a otros en el tema de nuestra seguridad y creado alianzas con defensores de derechos humanos.
Hoy, sin duda, tenemos más conciencia de nuestras condiciones laborales, de cómo afectan la calidad de nuestro trabajo y, peor, nuestra seguridad. Muchos han dejado atrás la seguridad de un trabajo “estable” sin renunciar al periodismo. Asumimos, padecemos y enfrentamos las condiciones del trabajo freelance. Sin tapujos ya, hablamos de los salarios miserables, de las maquila informativa en nuestras redacciones, del desencanto de los jóvenes que no hallan camino para crecer profesionalmente, de la irresponsabilidad de los medios y su falta de compromiso con sus periodistas y trabajadores. Los medios, que han podido sortear su responsabilidad frente a la contabilidad de asesinatos, agresiones y amenazas contra sus periodistas. Esos medios que hasta ahora creen que cumplen con publicar la nota de otro periodista asesinado, otro amenazado, otro agredido. ¿Se acuerda de aquel acuerdo que firmaron todos para la cobertura de violencia? ¿Acaso alguien les pidió cuentas de su cumplimiento, de sus avances? Prometieron protocolos de seguridad, códigos de ética, transparencia, responsabilidad en el lenguaje y en la cobertura. ¿Y..?
En fin, que quizá hemos ganado más de lo que esperábamos.
Pero no me siento satisfecha. Por el contrario, de nuevo tengo esa sensación de preocupación, de ahogo, de insatisfacción, de necesidad de hacer algo. Confieso que el ruido de las manifestaciones y las protestas ya me aturde. Que me desespera salir de foros, charlas y talleres con las mismas propuestas y diagnósticos que hace años. Que en algunas ocasiones he elegido el silencio y la distancia porque no tenía nada qué decir.
Sin embargo, a partir del caso de Ruben, Nadia, Yesenia, Alejandra y Mile Virginia (habrá que nombrarlos siempre a todos), miro cómo todos nuestros esfuerzos como periodistas no han sido suficiente para cambiar temas básicos.
1. Las autoridades siguen descartando a priori las razones del trabajo periodístico en los crímenes contra periodistas.
¿Pues no había ya algo así como un protocolo de investigación para casos que involucraran a periodistas y libertad de expresión? ¿No? Pues es urgente uno: que las autoridades tengan la obligación legal de aplicar un protocolo de investigación para crímenes contra periodistas, que primero agote –y no descarte-- su trabajo como móvil del asesinato, la agresión y la amenaza.
2. La confianza de los periodistas hacia las autoridades –de cualquier nivel y ámbito-- está completamente rota. Bien ganado se lo tienen. La impunidad nos da argumentos suficientes para ello. Y si partimos de este punto es fácil advertir por qué el fracaso del mecanismo de protección a periodista y defensores de derechos humanos. Al menos de parte de los periodistas. No hay confianza porque, más allá de buenos propósito-- se impone la omisión y la impunidad. No queremos mecanismos sino justicia. Efectividad de la justicia, en las investigaciones y los resultados. La impunidad no se resuelve con buenas intenciones ni con bonitos discursos políticos. Ni siquiera con preocupación. La impunidad se abate con la aplicación efectiva de la ley. No con mecanismo. 
¿Qué hacemos? Lo único que se me ocurre es recuperar la justicia.
Tenemos que obligar a las autoridades a llevar a cabo investigaciones transparentes efectivas y eficientes. No se trata de un asunto de voluntad, sino de una obligación legal. Es su trabajo, es su obligación. Y si no cumplen con su obligación tienen que responder por ello. ¿Cómo? Pues como ocurriría con cualquiera: lo despiden, le piden su renuncia, lo sancionan. El incumplimiento de la ley debe tener un costo, y ya no político porque no es suficiente. ¿Qué costo político tuvo que pagar Lía Limón por su desempeño en la Secretaría de Gobernación y como responsable directa del mecanismo? Ninguno. Al contrario, la política siempre premia la ineptitud, la complicidad, la connivencia y el silencio complaciente. Ya no nos basta. Es necesario impulsar sanciones legales para quienes no cumplan con su responsabilidad en la investigación de los casos contra periodistas.
Y allí tenemos que estar los periodistas y las organizaciones de libertad de expresión. ¿Por qué no una comisión de seguimiento de los casos, de cada caso? Una comisión además que involucre obligadamente a un representante del medio para el que trabaja el periodista, ya sea como freelance o más aún como empleado. Tienen que involucrarse de alguna manera. Tienen que asumir su responsabilidad y sumarse a la presión. Tenemos que obligarlos y vigilar los procesos y denunciar cuando no se cumplan.
La experiencia de la comisión independiente que formaron periodistas y organizaciones para investigar el caso de Gregorio Jiménez nos da pistas de lo que podemos lograr con un esfuerzo compartido: documentar el caso, pero no sólo. También el contexto, las condiciones sociales y laborales que abonaron en la situación de vulnerabilidad del periodista/fotógrafo/trabajador de un medio. Todo juega en contra.
3. No sé ustedes, pero yo estoy harta de las declaraciones a modo de los políticos, siempre puestos para la condolencia, el minuto de silencio, el punto de acuerdo, el exhorto, y todas esas banalidades legislativas que no sirven para nada. Necesitamos instrumentos legales y jurídicos para la sanción. ¿Será que no podemos impulsar o aprovechar nuestra disposición a la movilización y la protesta para exigir la destitución de Javier Duarte? ¿Será que no podemos aprender de otras experiencias que han logrado llevar iniciativas ciudadanas para exigir el desafuero de un gobernador? Quizá no logremos, pero seguro que sentamos precedente. Seguro que podemos pedir ayuda y aprender de quienes saben de herramientas legislativas para escalar el costo para Duarte y cualquier otro virrey estatal. Seguro que si nos movilizamos juntamos 100 mil firmas, si trabajamos hallamos los argumentos y llevamos el tema a otro nivel.
4. Necesitamos involucrar a otras instituciones en el tema de libertad de expresión. Si a todos nos importa, si todos la reclaman como un derecho --porque es derecho de todos--, entonces todos hagamos algo para defenderla. Extraño y reclamo sobre todo a las universidades del país. Las universidad pueden hacer mucho por los periodistas y deben hacer más. Abrir sus aulas, sus becas, sus programas y su protección institucional para los periodistas. Nunca he entendido porqué sólo se involucran desde el foro, la disertación y la discusión. Necesitamos de las universidades para fortalecer a los periodistas en sus capacidades y en su seguridad. Serían grandes aliadas. ¿Habrá que convencerlas? Hagámoslo.
5. Por fortuna hemos tenido la solidaridad y el respaldo de investigadores y académicos, quienes han tomado nuestra voz, han compartido nuestra indignación y nos han enseñado nuevas rutas de reflexión en torno de la violencia y la libertad de expresión. Necesitamos muchos como ellos. Esparcir por todos lados el valor del derecho a libertad de expresión, del derecho a la información y de un periodismo fuerte, independiente y profesional. Hay que aprender de ellos: valorar la diferencia de opiniones, aun cuando no nos gustan; escuchar al otro; respetar al otro. No pedir corrección política ni coincidencia ideológica, sino razones, argumentos, hechos, datos que nos alimentan como periodistas. Hagámoslo sobre todo para ayudar a los ciudadanos a entender lo que pasa, a que tengan la información suficiente para comprender que lo que sucede nos afecta a todos. No hablemos solo entre nosotros. Hablemos para todos. Involucremos con razones a los ciudadanos que en este momento sienten miedo, desazón, incertidumbre y no saben por qué.
6. Muchos periodistas han recibido capacitación en los últimos años. Los veo en foros, talleres, conferencias y otras actividades. ¿Qué falta para que ellos mismos impulsen la capacitación, para que detonen la organización de sus propios foros, para que no dependan de otros para organizar las actividades que den respuesta a sus necesidades? Muchos ya lo hacen. Necesitamos a más. Y necesitamos apoyarlos desde todos los frentes.
7. Sin duda no podemos caminar solos este tramo de camino. Necesitamos de las organizaciones. Nosotros queremos seguir haciendo periodismo y al mismo tiempo participar de las decisiones que nos involucran. Hay espacios de colaboración, sin duda. Pero hay que ampliarlos. Repartir tareas y sumar fuerzas. A los periodistas nos faltan los recursos y la experiencia que organizaciones han ganado con su trabajo. No podemos ser quienes protegen, no somos expertos en seguridad, no debemos hacernos cargo de la seguridad de otros cuando a veces ni siquiera sabemos cómo hacernos cargo de la nuestra. Esto no significa renunciar a nuestra responsabilidad de autocuidado, sino recurrir de manera responsable a quienes tienen los medios y el conocimiento para ayudarnos. Cada quien su parte, cada quien la responsabilidad que ha asumido. Articulación, le llaman. O solidaridad. O trabajo compartido. O lo que sea en favor de todos. 
8. Y por ahora ya no se me ocurre nada más que agradecer a Rubén su último acto de generosidad con nosotros

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